Regenerar agua para riego exige decisiones técnicas. La pregunta no es si conviene reutilizar, sino con qué calidad y para qué cultivo. Por eso, la normativa vincula cada uso agrícola a una clase de calidad concreta. Cada clase, a su vez, condiciona el tren de tratamiento necesario. Ese vínculo entre uso, calidad y tecnología define todo el proyecto.
El marco legal cambió de forma sustancial. El Reglamento europeo 2020/741 fijó requisitos mínimos comunes para el riego agrícola. En España, el Real Decreto 1085/2024 lo desarrolla y deroga el antiguo RD 1620/2007. Además, el nuevo modelo abandona los límites fijos y adopta la gestión del riesgo. Para el técnico, eso implica planificar barreras, controles y validación, no solo cumplir tablas.
Las clases de calidad según el uso agrícola
La calidad se ordena en clases. El Reglamento 2020/741 define cuatro clases para riego: A, B, C y D. El RD 1085/2024 añade una clase A+, más exigente para los casos de mayor riesgo. La clasificación depende del cultivo, de la parte comestible y del método de riego. A mayor contacto entre agua y producto, más estricta es la clase exigida.
El criterio principal es la seguridad microbiológica. La clase A cubre cultivos que se consumen crudos, incluidas raíces. Las clases B y C se aplican a cultivos con menor contacto directo. La clase D se reserva a cultivos industriales, energéticos y semillas. Por su parte, la clase A+ se orienta a riego por aspersión sobre cultivos de consumo crudo.
Qué parámetros exige cada clase de agua
Cada clase fija valores límite concretos. El indicador central es Escherichia coli, en UFC por 100 mililitros. La clase A admite un máximo de 10 UFC. El límite sube a 100 en la clase B y 1.000 en la clase C. La clase D permite hasta 10.000 UFC por 100 ml.
El control no se limita a la bacteria. La clase A exige además DBO₅ y sólidos en suspensión por debajo de 10 mg/l. También fija una turbidez máxima de 5 NTU medida en continuo. Las clases B a D se apoyan en la calidad del tratamiento secundario. La norma añade límites de nematodos intestinales y control de Legionella.
El tren de tratamiento que exige cada calidad
La clase determina la tecnología necesaria. Para la clase A hace falta tratamiento secundario, filtración y desinfección. La combinación de ultrafiltración y luz ultravioleta alcanza esa clase sin cloro residual. En cambio, las clases B, C y D admiten secundario más desinfección, con menos exigencia. La ósmosis inversa se reserva para salinidad alta o reutilización muy exigente.
La ultrafiltración aporta una ventaja normativa. El RD 1085/2024 permite omitir el control de nematodos si se instala ultrafiltración. Esa barrera física retiene huevos de helminto y buena parte de la microbiología. La desinfección ultravioleta completa la inactivación sin generar subproductos clorados. El diseño concreto depende del agua de partida y del uso final.
Con ultrafiltración se puede omitir el control de nematodos
Del límite en tabla al diseño con barreras múltiples
La norma pide gestionar el riesgo, no solo medir. El nuevo enfoque obliga a un plan de gestión del riesgo por proyecto. Ese plan identifica peligros, puntos críticos y barreras de tratamiento sucesivas. La idea es que ningún fallo aislado comprometa la seguridad del agua. Por tanto, el diseño técnico debe demostrar redundancia y capacidad de respuesta.
La validación y el control continuo son clave. La clase A exige control de validación además del control rutinario. Así, la monitorización en continuo vigila turbidez, cloro o dosis ultravioleta. Un valor fuera de rango debe activar el desvío o el rechazo del agua. Sin ese control, la calidad sanitaria no puede garantizarse en campo.
Sin validación y control continuo no hay garantía
Los retos agronómicos que la norma no resuelve
Cumplir la norma no basta para el cultivo. La normativa se centra en la seguridad sanitaria, no en la agronómica. El agua regenerada suele tener más sales que el agua convencional. Esas sales afectan al suelo, a la raíz y al rendimiento. El técnico evalúa esos efectos con guías agronómicas de referencia.
La salinidad es el primer parámetro a vigilar. La conductividad eléctrica alta reduce la disponibilidad de agua para la planta. El índice RAS mide el riesgo de sodicidad y de pérdida de estructura del suelo. El boro resulta tóxico para cultivos sensibles incluso a baja concentración. Los cloruros también dañan especies leñosas por acumulación foliar.
La salinidad, el RAS y el boro condicionan el riego
El nitrógeno residual es un fertilizante no controlado. El agua regenerada aporta nitrógeno y fósforo que la planta aprovecha. Ese aporte reduce la necesidad de abonado, pero es difícil de dosificar. Un exceso favorece el crecimiento vegetativo y contamina los acuíferos. Conviene ajustar la fertilización al nitrógeno que ya trae el agua.
Conclusión
La clave técnica está en el binomio uso-tratamiento. Definir bien la clase de calidad evita sobredimensionar o quedarse corto. El tren de tratamiento debe ajustarse al cultivo, al riego y al agua bruta. El RD 1085/2024 exige diseño, validación y control, no solo cumplir una tabla. Ahí es donde la ingeniería aporta valor real al proyecto de reutilización.
Noticias relacionadas
Investigadores diseñan sensores que permiten detectar toxinas en el agua
Investigadores de la Universidad de Cincinatti diseñan un sensor que detecta toxinas del agua antes de que acceda a la planta de tratamiento
Desinfección de agua contra las bacterias resistentes a antibióticos
Una investigación, analiza la capacidad de desinfección de distintos desinfectantes contra las bacterias resistentes a los antibióticos
Detectar la ingesta de pesticidas a través de las aguas residuales
Una investigación analiza la ingesta de pesticidas en una población residual analizando sus aguas residuales



